
La espada se llevó el triunfo pero no las buenas sensaciones de Manuel Diosleguarde en la Copa Chenel
La plaza de toros de Miraflores de la Sierra acogió la segunda clasificatoria del certamen taurino madrileño. La actuación de Manuel Diosleguarde en la Copa Chenel destacó por la firmeza técnica y la madurez frente a los ejemplares de las divisas de Pedraza de Yeltes y Flor de Jara, en una tarde donde los aceros condicionaron un premio numérico mayor.
Oficio y disposición ante la clase justa de Pedraza de Yeltes
En su primer turno, el salmantino saludó a un ejemplar de Pedraza de Yeltes alto y fiel a su encaste. El recibo capotero estuvo marcado por la suavidad, ganando terreno con un par de verónicas y cerrando con un lance circular de notable profundidad. Ya en el último tercio, Diosleguarde planteó la faena a favor del astado, identificando rápidamente las cualidades del pitón izquierdo para torear al natural.
El toro evidenció buenas condiciones, pero acusó una evidente justeza de fuerzas que demandó suavidad en los toques y en el trazo. El diestro construyó una labor de menos a más, tirando de paciencia y disposición. Logró afianzar la embestida, ligando los muletazos con limpieza. La actuación del espada charro estuvo en todo momento por encima de las condiciones de su oponente, apostando y refrendando su capacidad técnica. El cierre de la obra, enfrontilado y extrayendo los pases de uno en uno con la mano izquierda, supuso el punto álgido de la lidia. En la suerte suprema cobró un espadazo algo suelto, lo que le obligó a usar el descabello y esfumó la concesión de trofeos. Durante este turno destacó la labor de Roberto Martín ‘Jarocho’ con los palos.

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Raza imparable y un cañón con la espada frente a Flor de Jara
El quinto de la tarde, perteneciente a la ganadería de Flor de Jara, empujó con clase en el peto tras un recibo a la verónica marcado por el gusto y el temple. La primera mitad de la faena de muleta se basó en intentar prolongar un viaje en el que el animal nunca quiso estirarse ni rebosarse en las telas, saliendo de la suerte con la cara a media altura y desluciendo los muletazos.
En la segunda mitad del trasteo, la faena cobró otra dimensión. Diosleguarde apretó al astado a base de una raza imparable, tapando las dificultades y logrando extraer muletazos de enorme valor. La rúbrica justificó el triunfo por sí sola: un auténtico cañón con el acero. El espada se tiró a matar o morir. Resulta materialmente imposible ejecutar la suerte suprema con mayor decisión y rectitud de la que demostró el torero charro en ese embroque. Paseó una oreja de incontestable rotundidad. En el tercio de banderillas de este astado sobresalió la exposición de Elías Martín.
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